lun. Sep 26th, 2022
El odio, la ira, el enojo, la frustración y la violencia se han expandido en la sociedad argentina como un afecto que se objetiva en torno a ideas que forman parte de las representaciones sociales.

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ODIO

SACAR PROVECHO DEL ODIO

El odio, la ira, el enojo, la frustración y la violencia se han expandido en la sociedad argentina como un afecto que se objetiva en torno a ideas que forman parte de las representaciones sociales.

La pistola gatillada a veinte centímetros de la cara de Cristina representa la apoteosis de más de diez años de trabajo de los medios hegemónicos, de un poder judicial putrefacto y de políticos del establishment para fijar la posición del neoliberalismo: inconsistencia de la palabra política- consistencia del odio.

Sobran demostraciones en las típicas manifestaciones de la oposición, plagadas siempre de representaciones tanáticas, tales como bolsas mortuorias, horcas, guillotinas y una furia tan descontrolada que si se les pone un arma en la mano seguro acribillan a balazos a los pobres periodistas de C5N que están allí para ganarse su magro sueldo.

Para haber llegado a la irrupción de Sabag Montiel a la escena, fue necesario fabricar un imaginario social con subjetividades pre-ciudadanas, personas alienadas de la sociedad que mantienen una relación adictiva con el odio.

Este tipo de individuos abundan en cualquier tipo de conglomerado o manifestación popular y la derecha lo sabe dado que ella es, precisamente, la creadora de esa colonización perversa a través de los medios dominantes.

No en vano, Larreta dejó dos conteiner repletos de piedras para que alguno de esos personajes “picara” ante semejante exhibición obscena de instigación a la locura.

En este sentido, a través del discurso dominante se aumenta en forma dosificada el plus de odio que encubre el carácter hueco de la propuesta neoliberal.

EL ODIO INOCULADO

Cuando se expande el odio en el tejido social, los argumentos resultan estériles a la hora de debatir ideas.

Según el psicólogo Jorge Aleman, “esto permite observar una confrontación donde un proyecto político, que siempre remite a un legado popular que se debe reinventar permanentemente, se tenga que oponer a una masa de individuos que más que un proyecto político, buscan realizar la pulsión de odio que le da la forma a una existencia suspicaz, donde la pasión está puesta en que la vida sea sólo la cancelación de la verdad”.

A mediados del siglo XIV, la peste negra arrasó con más de un tercio de la población europea. Dicha enfermedad era transmitida por la propagación de pulgas y piojos que transportaban las ratas y se contagiaba inmediatamente a las personas que, en su mayoría, vivían en pésimas condiciones de higiene.

Las consecuencias sociales de la peste negra llegaron demasiado lejos: rápidamente se acusó a los judíos como causantes de la epidemia por medio de la intoxicación y el envenenamiento de pozos. El odio que creó la propagación de esta falsa información generó que en muchos lugares de Europa se iniciaran pogromos judíos y una extinción local de comunidades hebreas.

La Iglesia había creado un enemigo a quien se le atribuían todos los males de la mortífera pandemia.

LAS USINAS DEL ODIO

Hoy, la Iglesia del sigo XIV es Clarín, La Nación e Infobae, con su ejército de periodistas mercenarios lamentando en privado que la bala no saliera mientras exhiben en público una hipócrita puesta en escena de repudio al atentado.

Tanto los medios hegemónicos cómo el partido judicial creen tener derecho a crear sus propios hechos para desde allí, fake news y lawfare mediante, imaginar una novela en los que los hechos parezcan que efectivamente sucedieron.

Las historias inventadas cómo la “causa de los cuadernos”, “los dos PBI robados” y atribuirle a Cristina soberbia, prepotencia, violencia, autoritarismo y corrupción han instaurado el mismo odio que creó la peste negra hacia el pueblo judío.

Hacer de ello un manual de estilo de la corporación mediática puede significar el fin de la acción comunicativa, el desmoronamiento de la esfera democrática y el retorno a una etapa de la historia a la que los argentinos les dijimos “nunca más”.

¿No será hora de re- conocer los valores morales, intelectuales y humanos que tienen las personas, independientemente de su ideología política?

Si eso sucediera, el odio sería irrelevante y las piedras en los conteiner descargadas por Larreta también.  

Fabiola Enríquez

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