lun. Sep 26th, 2022
La carrera contra el tiempo del gobierno para bajar la inflación, si es que quiere volver en 2023, implica buscar la estrategia para bajar la inflación evitando el shock devaluatorio, dado que este último implicaría arrojar a la pobreza a millones de argentinos y todos sabemos que las devaluaciones bruscas hacen perder elecciones.

CUANDO EL TIEMPO APREMIA EN LA BÚSQUEDA DE DIVISAS PARA FRENAR LA INFLACIÓN GALOPANTE, LA CANCHA SE INCLINA A FAVOR DEL CAMPO

TIEMPO DOLARIZADO

EL TIEMPO DE UN GOBIERNO CON ESCASO TIEMPO

La carrera contra el tiempo del gobierno para bajar la inflación, si es que quiere volver en 2023, implica buscar la estrategia para bajar la inflación evitando el shock devaluatorio, dado que este último implicaría arrojar a la pobreza a millones de argentinos y todos sabemos que las devaluaciones bruscas hacen perder elecciones.

La única manera posible de iniciar la guerra a la inflación es acumular reservas en el Banco Central, de manera tal que se logre estabilizar el mercado de cambio y reducir la brecha cambiaria hasta que no tenga sentido el sobrestock de importaciones y el retaceo de liquidación de divisas por parte de los agroexportadores.

El problema es que precisamente, el campo dilata la venta de granos para que el gobierno no tenga más remedio que devaluar ante la falta de divisas.

Un círculo vicioso cuyo galimatías deberá resolverse en el menor tiempo posible si no se quiere seguir perdiendo votos a lo pavote, incuso para sostener la controvertida gobernabilidad. 

En un tiempo en que suele hacerse la vista gorda a los abusos del capitalismo concentrado, si se pretende terminar con el festival de importaciones estamos fritos, pues es política del gobierno no aplicar la “penal cambiaria”, herramienta legal por la que todos los exportadores estarían obligados a traer los dólares, de lo contrario se arriesgarían a que se les abra un expediente cuya sanción más leve prevista para la primera vez es la de una multa de hasta diez veces el monto de la operación en infracción.

Como eso no va a suceder ni en sueños, el gobierno se encuentra en la encrucijada de acordar a como dé en la mesa de enlace con la dirigencia empresarial del campo, o entrar en una discusión que llevaría demasiado tiempo en un momento de peligrosa volatilidad cambiaria y financiera.

El año pasado, todas las empresas agroexportadoras, tales como ADM, con 5,89 millones de toneladas, Cargill con 5,24 millones, COFCO, con 4,68 millones, Bunge con 4,25 millones, y ACA con 3,54 millones de toneladas, ya tenían asegurada las ganancias que obtendrían previamente a la liquidación de divisas.

Este año, con el precio internacional de los granos por las nubes motivado por la guerra ruso-ucraniana, la rentabilidad que obtendrán estas empresas será extremadamente superior a la del año pasado.

En tal sentido, el gobierno tiene dos alternativas para aumentar la acumulación de reservas en el Banco Central:

a) deja todo como está y las ganancias extraordinarias las absorben el minúsculo grupo de personas vinculadas al comercio de granos, ya que de acuerdo a la teoría del derrame en un capitalismo formal, el rico vierte en la sociedad lo que se vuelca de la copa de la opulencia.

b) se aumentan los derechos de exportación, de manera tal que el Estado pueda distribuir esa recaudación extraordinaria en beneficio para la población e incluso cumplir con las metas del FMI, desde hacer frente a la inflación galopante, reducir el déficit, reactivar la obra pública y pagar los intereses de la deuda “impagable”.

La primera opción, que sin duda será la que se aplique, es la historia de vida de los argentinos, dado que la riqueza nunca será derramada en el pueblo ya que es deporte nacional de los ricos la evasión, la elusión y la fuga.

La segunda es creer en los reyes magos, ya que si ni siquiera se logró aplicar el impuesto a la renta extraordinaria, menos se logrará aplicar un aumento al derecho de exportación.

TIEMPO DE BUSCAR ALTERNATIVAS

Al mismo tiempo que se ejecutan cualquiera de las opciones anteriores, existiría una tercera alternativa similar a la que se aplica en EEUU y que consiste en aplicar multas a quienes retengan más de lo debido los granos en silo, dado que está prohibido el acopio. En el país del norte, cuando no se mueve la mercadería en mucho tiempo las sanciones suelen ser drásticas, ya que si no circulan los productos la economía se paraliza.

En este sentido, si hablamos de capitalismo en serio, estamos hablando de un Estado que, en lo posible, debe evitar intervenir en la economía, pero de ninguna manera debería dejar de planificar, pues de lo contrarios estaríamos hablando de un Estado idiota.

El libremercado es un verso que nos imponen los grandes grupos concentrados (entre ellos los medios hegemónicos) para importar al dólar oficial y vender al dólar ilegal, para especular con el acopio a la espera de una devaluación, para sobrefacturar importaciones y subfacturar exportaciones o triangular en la hidrovía la salida de los productos.

La libertad de mercado es la ilusión de que tenemos una balanza favorable con China, cuando en realidad, al igual que en la década infame,  importamos de ellos tecnología y productos manufacturados, mientras que exportamos commodities sin ningún tipo de valor agregado.

En conclusión, la salida no es sencilla y por el momento la única manera de empezar es concediendo a los agroexportadores todas las ventaja para que vendan la producción.

Para ello se les otorga la posibilidad de acceder a una cobertura de cambio por hasta el 70% del total y por el 30% restante, la posibilidad de comprar dólares a tipo de cambio oficial más impuesto PAÍS; retenciones a cuenta que percibe la AFIP; liberación de los cupos para la exportación de carne; subir el corte de biodiesel para paliar los faltantes; acceso subsidiado a los fertilizantes; créditos blandos y muchas más concesiones que resultaría aburrido seguir nombrando.    

Aún no sabemos si aceptarán, pero tampoco sabemos cuánto tiempo las clases populares podrán soportar la humillación de seguir recolectando las migajas que se derraman de la opulenta copa de quienes, apoyados por gobiernos débiles, siempre llevan las de ganar.

Alejandro Lamaisón

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