lun. Sep 26th, 2022
Acceder a una justicia imparcial, tanto en nuestro país cómo en el mundo sigue siendo exclusivamente un privilegio de las élites económicas, ya que en la puja de la tutela de los derechos involucrados, los tribunales favorecerán siempre a quienes pueden pagar una defensa o asesoría jurídica de calidad.

EL SISTEMA DE IMPARTICIÓN DE JUSTICIA ES PERCIBIDO COMO UN ENGENDRO KAFKIANO CREADO PARA APLASTAR A LAS PERSONAS MÁS VULNERABLES

JUSTICIA IMPERIAL

LO INJUSTO DE LA JUSTICIA

Acceder a una justicia imparcial, tanto en nuestro país cómo en el mundo sigue siendo exclusivamente un privilegio de las élites económicas, ya que en la puja de la tutela de los derechos involucrados, los tribunales favorecerán siempre a quienes pueden pagar una defensa o asesoría jurídica de calidad.

Para el resto de los mortales, el sistema de impartición de justicia es percibido como un leviatán, un engendro kafkiano activado para aplastar a las personas más pobres y vulnerables.

Si a esta percepción le sumamos que el máximo tribunal de justicia está formado por una elite aristocrática que ganan fortunas, que no pagan impuestos y que viven alejados de la sociedad civil, la idea de que los derechos son universales y de que asisten a toda persona por el simple hecho de serlo, seguirá siendo un chiste.

La misma corte que al legalizar la arquitectura jurídica e institucional de la dictadura, intentó mantener la ficción de que en el país funcionaba un Poder Judicial independiente para obturar los reclamos de las víctimas, es la que hoy rechaza el proyecto de reforma de la justicia.

Los jueces supremos argentinos no pagan impuestos, basándose en un fallo antediluviano y obsoleto, que es obligatorio y difícil de suprimir, pero de una base totalmente falaz dado el avance de los acontecimientos históricos (pandemia y una guerra cuasi global).

Asimismo, todos los tribunales tienen un plazo para dictar sentencia (si no lo hacen en tiempo y forma, los juzgados inferiores pueden ser sancionados), pero en el caso de la corte suprema es distinto: no tiene plazos y puede dictar sentencia cuando se le antoje, ya que no existe ninguna autoridad superior que se lo pueda imponer. Dicho de otra manera, si  un abogado presenta un escrito cinco minutos tarde, aunque sea la apelación más importante del caso más gravoso pierde el derecho, mientras que la corte puede dictar sentencia… ¡cuando se le cante en años!

En este sentido, todos los tribunales, cuando toman una resolución deben fundamentarla a través de lo que se llama “exposición de motivos”, porque los actos de la república tienen que apoyarse en consideraciones y argumentos. Esta obligación es lógica y republicana.

En cambio, la corte tiene el célebre artículo 280 del código procesal por el que puede decir: “rechazo el recurso porque está mal…y nada más. No reúne los requisitos legales y punto. En otras palaras, el abogado hace todo el trabajo para que finalmente la corte le diga: “no, no procede”. “¿Por qué, su señoría?” “No te lo voy a decir porque no se me canta”.

UNA JUSTICIA KAFKIANA

Esta anomalía de la justicia es la regla que niega definitivamente la existencia de la república y es la demostración más acabada del poder aristocrático de los jueces, quienes ejercen un poder señorial sobre un pueblo que nunca los votó.

El peor poder del estado es el poder judicial, porque forman una especie de microambiente sub cultural, un cenáculo endogámico que trata sólo con la gente de su profesión y de su clase.

Los tribunales son lugares feos, intratables e intransitables, similares a los laberintos cretenses en los que deambula el minotauro borgeano de la Casa de Asterión para destrozar a la gente sin recursos que cae en la desgracia de tener un conflicto judicial.

En la película “El proceso” dirigida por Orson Wells, los pasillos de tribunales representan categóricamente la angustia que siente Joseph k. lanzado a la suerte de un mundo arbitrario y caótico.

En la mayoría de los lugares del país los juzgados no tienen baño para la gente, no hay sillas, las amansadoras son eternas y los tribunales laborales están configurados para favorecer a las empresas en los juicios laborales y al poder económico concentrado en detrimento del Estado.

Tal es así que, la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Argentina (AmCham), haciendo alarde de un anacrónico imperialismo, salió a criticar el proyecto de ampliación del número de integrantes de la Corte, junto a las tres entidades que nuclea a los máximos exponentes del círculo rojo nacional.

Este hecho despeja todas las dudas de que nuestra Suprema Corte de Justicia es la expresión más acabada del colonialismo cultural y económico de los EEUU, motivo por el cual, si no se le puede poner un freno a la brevedad, nuestra integridad como Nación soberana será también, al igual que la idea de que los derechos son universales y de que asisten a toda persona por el simple hecho de serlo, un chiste.

Signo Propio

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